Pandemia y Educación, pedagogía de la esperanza

Nuestra isla de Navarino se ha vuelto comunitaria con todos los territorios del mundo al enfrentar juntos la pandemia del Coronavirus. Ya se cumple un año desde aquella resolución que nos envió a nuestras casas y desde entonces hemos intentando continuar el loable ejercicio de la pedagogía.

Junto a otros hitos nacionales, éste del coronavirus pasará a la historia como uno de los más impactantes: nuestra generación no había vivido un tipo de confinamiento y cambios de hábitos tan radicales y universales.

Un tiempo en el que se ha engendrado una nueva humanidad, capaz de reconocer su condición de creaturas frágiles y necesitadas; una humanidad que ha comenzado a comprender con mayor certeza que en la medida en que nos entregamos al otro, en esa misma medida nos hacemos más humanos y el otro también.

La pedagogía, ejercida oficialmente o a través de la educación en lo íntimo del hogar, o como servicio desinteresado, nos llama a valorarla inmensamente. Nuestro modo de conectarnos se ha vuelto “virtual”, y esta condición tiene muchas consecuencias. Tanto en el modo formal (clases) como en el hogar o en el servicio desinteresado, la pedagogía nos debe llamar a mirar este tiempo con esperanza.

La esperanza no es un bien puramente estático o pasivo, es activo porque se espera lo nuevo que viene y a la vez se construye el recibimiento del regalo esperado. La invitación es de ser activos interior y exteriormente. 

Este “extraño” tiempo nos ha demostrado, que, si el hombre y la mujer no salen de sí mismo, de su egoísmo, de su comodidad, jamás alcanzarán la verdadera felicidad, que como bien la definía Aristóteles consiste en hacer el bien.

Que este valor de la esperanza nos ayude a vivir esta “emergencia” centrados en lo importante: interactuar virtuosamente entre profesores (as) y estudiantes, padres y apoderados , directivos y asistentes, siendo interdependientes y ayudándonos. Es el tiempo de la pedagogía cuidando  la dimensión socioemocional de los estudiantes y sus familias y de los propios docentes. Que cada asignatura sepa integrar la problemática sanitaria como esperanza “literalmente” de VIDA. 

A veces iremos rápido, otras veces lento… pero todo es valioso. Al igual que la música o el arte se requieren tiempos de silencios, pausas de libertad, que hagan nacer esta pedagogía de la esperanza, para vislumbrar un nuevo futuro, con diálogo, sentido crítico y reflexión en la acción. 

Daniela Meza

Juan Solís

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